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Las Leyendas Tradicionales, Populares y Religiosas

La leyenda del Ykua Bolaños

El nombre de Fray Luis Bolaños está inscripto con letras de fuego en la historia paraguaya. El franciscano, en su tiempo, ha realizado un trabajo evangelizador ejemplar. Pero ha perdurado en la memoria del pueblo por ser instrumento de Dios en la concreción de un milagro cuya obra se ha quedado para siempre entre nosotros.
Marcha Fray Luis Bolaños al frente de un numeroso grupo de indígenas apenas convertidos a la fe católica. Hace ya varios días que avanzan por tierras chamuscadas. El calor se hace cada vez más y más insoportable. Las reservas de agua se agotan y no hay cómo reponerlas.
Ni un bañado, ni un estero, ni un arroyo, ni unas míseras gotas de lluvia.
Nada de agua.
Las hierbas son mudos testigos de la sequía y se quiebran con sonidos tristes al paso de los hombres. La fe se debilita. Desde la conversión los nuevos católicos sólo han pasado penurias y creen ver en ello una venganza terrible de sus antiguos dioses.
Fray Bolaños les habla, trata de apaciguarlos, les pide calma. Siente el franciscano mucha pena por la situación que deben atravesar estas gentes pero a la vez les demuestra una fe inquebrantable que no podrá ser doblegada por ninguna sequía por más terrible que fuese.
Les habla de los sacrificios que tuvo que hacer el hijo de Dios para salvarnos del pecado. Les habla y más que nada él mismo se da fuerzas para continuar. El camino agobia y ya las fuerzas desfallecen. Es hora de detenerse y volver a empezar con las palabras para que los recién iniciados puedan entender que no se trata de un castigo de sus antiguos dioses sino simplemente de un fenómeno de la naturaleza. Al dar un rodeo para ubicar un mejor lugar de descanso Fray Bolaños se encuentra con tres de los más importantes caciques de la zona que vienen a su encuentro.
El más anciano llega junto al fraile y dialogan.
En realidad el cacique intima al fraile. Si no consigue agua invocando a su Dios será atravesado por las flechas de su tribu. El fraile pide unos momentos a solas. Recorre el lugar lentamente. Cerca de unos arbustos hay una piedra grande. El fraile pide ayuda para mover el peñón. Lo retiran de su lugar y como si hubiesen arrancado la tapa a un interminable recipiente, la surgente deja escapar un chorro de agua cristalina y fresca en medio de aquel polvaredal.
Las tribus de aquellos tres caciques también se convirtieron al catolicismo y Fray Bolaños siguió adelante con más confianza que nunca en su campaña evangelizadora.

 

La leyenda de Kurusu Isabel

Cruces que se encuentran en el santuario 
que la población levantó para recordar
el sitio de la muerte de Isabel. leyenda
de Kurusu Isabel.

Marcha la diezmada columna rumbo al norte. Pocas esperanzas habitan los corazones de los soldados. Piensa el Mariscal en su Patria. Quiere reunir a su gente, juntar fuerzas e iniciar el contraataque. Sus deseos van más allá de las fuerzas que le restan. Se niega aún a admitir la derrota. Un país en ruinas va quedando atrás. Marchan en la columna las esforzadas residentas y entre ellas marcha también Isabel con su pequeña hija en brazos.
Atraviesan los bañados con el agua casi hasta la cintura. Los insectos se hacen el festín hundiendo sus lancetas en la costra de aquellos cuerpos cansados.
Descalzos marchan. Ahora sobre un campo sin árboles, llano y hostil que se extiende sin fin ante los nublados ojos de la tropa. llora la niña en brazos de Isabel, ahogado el llanto por el sofocante viento norte que extiende su manto caliente sobre la columna. Nadie escucha los lamentos que se alzan constantemente. Nadie habla. Es un ejército de muertos rumbo al purgatorio. Trastabilla Isabel pero aún logra levantarse y proseguir. La joven madre se va rezagando pero el grupo harapiento no está para atender a los que se quedan y sigue su marcha.
Quiere gritar Isabel pero el grito se queda pegado en la sequedad de su garganta. Cada diez metros Isabel cae y vuelve a levantarse. Con cada caída la maltrecha columna se aleja un poco más. Confía Isabel en darles alcance cuando caiga la tarde y se arme el campamento. Una pareja de tigres siguen atentos los endebles pasos de Isabel. Rugen cada tanto los tigres avisando a la presa indefensa el terrible final que le espera como si fueran enviados de la más profunda oscuridad.
Detrás de aquellos árboles se ha perdido la columna de hombres y mujeres. Isabel ya no los ve. Sus fuerzas se agotan. ¿Cuántos días lleva caminando con su hija en brazos? Una terrible puntada en la espalda la tira una vez más al suelo. Quien viera ahora el desolador paisaje no vería más que campo. Isabel yace cerca de un árbol entre el chircal.
Se ha quedado dormida la mujer. Su pequeña hija prendida a su pecho. Los tigres caminan en círculos cada vez más estrechos a su alrededor. Sólo los lomos amarillos refulgen con el sol a ras de los yuyales. El inhóspito lugar les ha entregado un bocado fácil. Rugen ferozmente y el sonido vuela hasta un lejano grupo de árboles y se cuelga entre las ramas haciendo huir a las aves. Pasa la bandada en silencio sobre el escenario de la muerte.
Los tigres están a un paso de la mujer dormida. Huelen la carne que aún late. Escuchan los quejidos de la criatura. Clavan su mirada amarilla en la mujer y su hija. ¿Acaso los impulsa el instinto de conservación o están cebados con la carne de los muertos de la guerra? Nadie nunca podrá responder a este interrogante. Se agazapan los tigres. Arañan el aire con sus zarpas sucias de lodo. Olisquean el cuerpo de la mujer. Demoran el acto final. La presa no se defiende.

Templete donde se venera a Isabel.
 Está ubicado a 15 km de Concepción,
capital del departamento del mismo
 nombre, y es un sitio abandonado de
las comunicaciones.

Sueña Isabel en su desmayo y en su sueño se ve entrando a un palacio. Dos tigres enormes, sujetos con cadenas de oro custodian la puerta. Ella sube las escaleras del pórtico principal de la mano de una niña. La niña pregunta por los tigres y la madre le tranquiliza diciéndoles que son sus protectores. En efecto a su paso los tigres se echan y esperan. Nada hay que temer dice Isabel en el sueño. En una sala de mosaicos blancos Isabel deja a la niña jugando con unas hermosas muñecas de porcelana que visten coquetos atuendos de fiesta. Ella comienza a andar por un pasillo pintado de cielo. Sólo el piso por donde camina parece real. El resto es cielo. Como si se deslizara sobre una alfombra cuadriculada y recta. Camina Isabel hacia el extremo más alejado de aquel pasillo celestial. Camina y termina por perderse en ese cielo con el que ahora se funde. Isabel siente que vuela.
Una luz fortísima rodea a la mujer y a su hija. Los tigres retroceden como ante la luz del Poderoso y se echan cerca de ellas.
La niña sigue prendida al pecho de su madre. Se alimenta. Su madre, desde el estado de inconsistencia la acaricia con su mirada, calma sus momentos de miedo.
Vigilan los tigres con la luz del día.
Vigilan los tigres bajo las estrellas.
Pasan los días.
La tropa ya está muy lejos.
Ahora, en el horizonte una vaga nube de polvo se levanta acercándose. Son dos jinetes que avanzan por el desolado campo. Al galope van pasando cuando divisan algo que se mueve en aquella quietud. ¡Tigres! dicen al unísono y espolean sus caballos para dar caza a los animales, pero los tigres no se mueven. De pie sobre los chircales los miran avanzar. Los miran de frente como quien ve llegar a dos viejos amigos. Sólo cuando están muy cerca los tigres corren hacia un lado y parecen desaparecer. Los hombres sorprendidos divisan a la mujer y su hija. Se acercan apeándose de sus caballos. ¡La niña está viva!
Mientras uno cuida a la criatura, el otro cava una fosa.
¡Por suerte los tigres no le han hecho daño!
Duro trabajan los hombres para dar una digna sepultura a la mujer que ha alimentado a su hija aún después de muerta. Los hombres le construyen una pesada cruz con la cual señalan aquel lugar. Al final, sobre el llanto de la niña, rezan unas breves oraciones y se marchan en busca del poblado más cercano.
¡Ni rastro de los tigres!
¡Ni rastros de la crueldad de la guerra!
Han pasado los años y las gentes que pasaron por aquel lugar de la cruz, fueron alimentando la leyenda de la mujer que salvó a su hija después de muerta. Las voces populares le han tejido infinidad de historias hasta el punto de perderse aquella verdadera que sólo fue presenciada por la pareja de tigres. Hoy en día aquel lugar es conocido como Kurusu Isabel. Los viajeros que llegaron hasta el lugar han ido quitando astillas de aquella cruz primigenia hasta casi hacerla desaparecer. Astillas que guardan como amuleto de la buena suerte. Un templete fue alzado por las manos del pueblo y nuevas cruces fueron puestas en aquel sitio a donde hoy en día acuden los promeseros en busca de algún milagro.

La leyenda de la fuente del amor

Mana el agua del misterioso ykua Bolaños. Así, fluyente, se la ha visto desde hace casi tres siglos. Ahora es verano. Recorre el Paraguay un año desgraciado: mil novecientos sesenta y nueve. Año de guerra. Año de huida hacia el Aquidabán.
Las aguas milagrosas le dan al sitio desde donde nace el arroyo un aura diferente. Mágica si se quiere. Fresca. Propicia para el amor.
A caballo llega un joven hasta el sitio desierto.
De un salto desciende a tierra antes que el caballo se detenga.
Y al tocar el suelo que verdea de una gramilla tierna, en una demostración de habilidad que sólo él disfruta se quita el sombrero y lanzándolo suavemente le hace describir una pirueta combada tras la cual queda apenas colgado de la punta de una rama seca. Se sienta el hombre al pie de un árbol tarareando una cancioncilla suavemente.
Espera a alguien o simplemente disfruta del paraje.
Nadie que venga hasta el ykua con esa alegría inconfundible puede estar simplemente de paseo. El muchacho parece esperar a su amada. Está ansioso. Un buen tiempo ha pasado y el mozo se ha ido adormilando. El mentón le cae ahora sobre el pecho. ¿Estará dormido?
Una jovencita llega al claro desde el monte. Se acerca a la cruz que memora el milagro. En silencio se arrodilla y reza. Enciende fuego a dos velas. Las rodea con piedras y las deja allí. ¿Habrá hecho alguna promesa?
Ahora la muchacha cruza el pequeño puente de piedras tendido sobre el arroyuelo y se dirige hacia el lugar donde el hombre dormita. Con los encajes de su mantilla roza el rostro del muchacho. De inmediato se despierta y se excusa ante la mujer. “¡Oh, gracias a Dios que estás aquí! Como tardabas un poco me he adormilado, pero lo peor no fue eso, estuve soñando que debía partir sin poder verte. ¡Qué alegría!” La toma entre sus brazos y se funden entregados al amor.
Ella sabe que es el final.
Él parece no saberlo. O es que realmente su inocencia es grande o sabe esconder muy bien sus sentimientos. A punto de marchar con las tropas hacia el Aquidabán aparece optimista con respecto a la guerra. Seguramente no quiere darle un disgusto a su amada.
Las campanas de una iglesia lejana dejan caer sus cansados sonidos sobre las aguas del arroyo. Se diría que aquellos sonidos vienen a morir en el ykua. Los pájaros van llegando desde todos los puntos cardinales para quedarse en los árboles que rodean al arroyo. Con empujoncitos leves, la noche aparta al sol y va ocupando su sitial de reina de las sombras. Antes de aquietarse para el descanso, la vida da muestras de su enorme poder.
“Tengo sed”, dice la joven.
El hombre le entrega la guampa orlada de oro que lleva atada a su cintura y le acompaña hasta la vertiente. La mujer carga el agua y bebe. “Volveré pronto, ya verás. Y entonces estaremos juntos para siempre”, dice el hombre. “Para siempre”, dice ella devolviéndole la guampa de donde bebiera. Queda aún un poco de agua en su interior. El hombre mira el recipiente. La marca de los labios de su amada. Se lleva el objeto hacia la boca. Apoya sus labios en el lugar marcado y bebe el agua que resta en el interior. Un beso sobre otro beso.
Al fin se despiden tiernamente. La mujer desaparece en el monte y el hombre emprende el camino de la guerra sobre su caballo. Ya no tiene dudas. Volverá junto a la mujer que ama. Y esta vez no es inocencia ni lástima. Es una fuerza extraña. Se diría que viene del agua y del fuego. De aquellos cirios que ardían lentamente frente a la cruz y del agua que bebió del mismo vaso con su amada.
El hombre fue uno de los pocos sobrevivientes de la guerra.
Logró burlar a la muerte y a las prisiones enemigas para llegar sano y salvo junto a su amada.
Desde entonces el ykua Bolaños sumó un milagro tras otro pues se inició la creencia de que si dos enamorados beben del mismo vaso agua del ykua ya nada podrá separarlos.

La leyenda del Chingolo

Dorado y brillante el pájaro desciende sobre la torre y camina picoteando aquí y allá algún grano que el viento ha traído hasta las alturas del edificio. A pesar de su tamaño, relativamente pequeño, el pájaro se mantiene en equilibrio enfrentando el fuerte viento de las alturas. Está sobre una torre mohosa que ha soportado el paso de los siglos sin inmutarse. Sus paredes han vivido más de cien tormentas sin un ¡ay! Los hombres la han rodeado, la han sitiado y han guerreado en su derredor, pero las flechas y las balas no le han hecho mella. Impertérrita, la torre continúa altiva, elevándose hacia el azul, símbolo de la búsqueda del infinito que el hombre siempre ha perseguido.
Allí anda el pájaro dorado con su paso elegante y el brillo inaudito de su plumaje.
De pronto su voz se eleva en el aire de la tarde en un gorjeo enamorado.
Ante la presencia de una compañera –las hembras eran en aquella época de un color plata sin igual– el chingolo hace alarde de gracia y vivacidad. Gira alrededor de la torre rozando las campanas y haciéndolas temblar para que emitan un rozar de metales apenas audible para ellos. Da la vuelta y roza el suelo con el pecho dorado. La pajarita le mira atenta, gozando con la demostración que no tiene otro objetivo más que impresionarla.
El chingolo da otra vuelta y va a pararse firmemente sobre la veleta que adorna la torre. Entonces mira a la pajarita que está más abajo y dice: “Si lo quisiera, derribaría esta torre de una sola patada”.
La pajarita sonríe maliciosamente ante la exagerada afirmación de su pretendiente.
Una nube negra aparece de pronto cerca de la torre y con gran velocidad avanza hacia la veleta. La pajarita mira horrorizada el fenómeno y no puede menos que pensar en un castigo. El chingolo le hace frente pero la fuerza de la tormenta le arrastra en sus remolinos. Nada puede hacer. Su alarde de fuerza y poder no tiene ningún sentido ahora. El castigo divino a la soberbia llegó en menos de lo que canta un gallo.
El chingolo rueda por tierra malherido y sus plumas doradas se convierten en una mezcla de ceniza y tierra. Toda su belleza ha desaparecido. Su bello gorjeo no aparece en su garganta y ya no puede sostenerse con gracia sobre sus finas patas.  Desde entonces el chingolo se mueve con esos ridículos saltitos y se confunde con la tierra. El presuntuoso, el engreído y el soberbio siempre tienen un triste final.

La leyenda de Karai Octubre

Este hombre que ahora trenza su látigo de ysypo resguardado en las anchas alas de su raído sombrero de paja vive solo en el monte. Nadie lo ve sino una sola vez al año. Aparece para comprobar que se cumpla la tradición de siempre el primer día de octubre. Viene preparado, con su rebenque listo para castigar a quienes se atrevan a desafiar la costumbre.
Le interesa sobremanera la cocina de cada casa. Pasa hasta donde las ollas están hirviendo sin importarle nada más. Lo ha hecho durante siglos. ¿Quién podría cuestionar su actitud?
Malhumorado y hombre de pocas pulgas el Karai se pasea por los poblados haciendo sonar su látigo para anunciar su llegada. Las mayoría de las mujeres le ceden el paso y le dejan espiar en las ollas. Pero aquellas que no han seguido la tradición, pretenden ahuyentarlo, temerosas. Esas no se salvan del castigo.
Karai Octubre le llaman. Medio petisón es el hombre y su ancho sombrero lo achata aún más. Lleva puestas unas ropas roñosas y, como ya dijimos, hace sonar su rebenque antes de entrar a espiar en las cocinas y en las ollas.
Karai Octubre es la pobreza, la miseria, las penurias.
Se le ahuyenta solamente con una olla repleta de comida.
Si no encuentra suficiente se queda con esa familia para todo el año y, además de los rebencazos, la miseria les acompañará por todo el año, con sus nefastas consecuencias.
De ahí que en todas las casas, cada primero de octubre, no falte el puchero bien servido. De esa forma la conciencia de toda la familia quedará tranquila por el resto del año. En cambio aquellos que se resistan y mezquinen la comida de ese día tendrán que convivir con el hambre por el resto del año. Esta tradición enseña al campesino a prever el alimento para los suyos durante los meses de “vacas flacas”, época que se inicia en octubre y que abarca los últimos meses del año.
El premio es para los previsores.
El castigo, para los haraganes.

La leyenda de Mala Visión

Llevaban más de tres años conviviendo en matrimonio. Habían sido felices en los primeros tiempos, pero el monstruo de los celos les había arrebatado la risa. La mujer con sus sospechas fue empujando a su marido hacia la infidelidad y éste, cansado de los reproches que recibía en su casa, optó por buscar consuelo en otros brazos. El hecho de celar sin motivo terminó por producir lo que se temía. El hombre, a pesar de su infidelidad, seguía viviendo con su mujer.
Pero la mujer ya no vivía para construir una familia sino para destruir el matrimonio.
Cada paso que daba tenía siempre un propósito destructivo.
Se pasaba la vida pensando en cómo hacer caer a su marido en las trampas que a menudo le tendía. Sus pensamientos fueron cayendo en la locura hasta que un día la idea terrible ardió en su mente enferma. “Y si alguien me pregunta por él, le diré que se fue con otra”, se decía la mujer en plena efervescencia de sus macabras ideas.
No tenían hijos así que eso le evitaba cualquier inconveniente.
No habría testigos.
Una noche la mujer esperó pacientemente a su marido. En el lugar de la cama donde ella debía estar acostada acomodó unas viejas cobijas que formaron un bulto parecido a su cuerpo y con un garrote bien pesado se sentó a esperar a su marido. Lo esperaba como esperan los sabuesos que han rodeado a su presa: tranquilamente, sin apuros.
Cuando el hombre llegó, la mujer no tuvo inconvenientes con su plan. Lo recibió con un terrible garrotazo en la cabeza. Crujieron los huesos y el hombre se despidió de la vida. La mujer, por las dudas, arremetió con su primitiva arma y le dio unos cuántos golpes más impulsados por la fuerza del odio que había alimentado durante tanto tiempo.
Arrastró el cadáver del hombre hasta una carretilla, lo cargó y en medio de la oscuridad de la noche lo llevó hasta una cueva alejada de su casa. Allí, en el fondo de la gruta, volcó el cuerpo sin vida y cubriéndolo con ramas secas le prendió fuego.
Aún se tomó el trabajo, la mujer, de borrar las huellas de la carretilla. Hizo todo esto con gran paciencia y nadie la vio. El crimen había resultado perfecto. Su rostro ahora se veía distendido, casi feliz. Cuando, en los días siguientes sus vecinos preguntaron por el marido, ella contestaba alegremente: “Terminó yéndose ese sinvergüenza, con alguna loca por ahí”.
La mujer no esperaba lo que iba a suceder.
Una semana después que el marido ardió en la gruta, la noche se presentó tormentosa. Negras las nubes se podían divisar cada vez que los relámpagos iluminaban la escena. La mujer, tarareando una canción, preparaba la cena. Siempre había tenido la costumbre de cantar mientras hacía las labores. Un ventarrón violento y repentino vino a incomodar su paz. Saltaron los vidrios de la ventana. La mujer se dio vuelta asustada y vio suspendido en el aire el cuerpo de su marido, echando chispas, cubierto de brasas. Un aullido espeluznante se escuchó en toda la región. La mujer cayó muerta de espanto en el acto.
El alma en pena del marido muerto había regresado al hogar.
Un gran incendio se desató más tarde en aquella casa y nadie supo lo que había sucedido. Sólo encontraron el cuerpo sin vida de la mujer. Pero el alma de aquel hombre, que también tenía su culpa, aún vaga por los caminos y cuando ve viajeros solitarios o desprevenidos, suele lanzar sus aullidos. Si alguno responde a sus gritos, entonces se presenta y con su imagen terrorífica, lanzando chispas, enloquece o mata.

La leyenda de Kurusu Bartolo

Corre el año 1816. Corre Pai Bartolo hacia la iglesia. Ya es hora de la misa. El sacristán ya ha llamado a los feligreses haciendo sonar la campana y los pocos hombres y mujeres que pueblan los viejos bancos están ansiosos de cumplir con la obligación cristiana de la santa misa.
Pai Bartolo viene de los campos sembrados. Ha estado hablando con los campesinos pero antes visitó a dos familias que se dedican al trabajo del tejido.
Ahora está en el altar sudoroso pero feliz de haber llegado a tiempo para cumplir con su obligación. Las lecturas las hace el sacristán y Pai Bartolo se reserva el sermón. Habla Pai Bartolo del escaso interés que en la población despierta la palabra de Dios. Hace responsable de ello al gobierno del El Supremo que difunde el materialismo y se olvida del alma de las gentes. Habla con pasión y devoción. Habla convencido de que sus palabras transmiten la verdad.
Así es Pai Bartolo, un hombre apasionado.
Un hombre que anda por los caminos de la vida contagiando a la gente con su entusiasmo.
Esto es Villarrica del Espíritu Santo y aquí Pai Bartolo es como de la familia. De todas las familias que viven, sueñan y trabajan en esta ciudad. Es que Pai Bartolo recorre casa por casa con la esperanza de lograr que se sumen a la escasa feligresía que asiste y colabora con la iglesia. No son buenos tiempos para la iglesia en Paraguay. Por eso mismo hay que andar el doble, dice Pai Bartolo.
Es un poco acelerado el cura, eso hay  que decirlo. A veces le pide cosas a la gente que la gente no puede dar. No, nada material, es con respecto a las actividades de la iglesia. Las cosas espirituales. El compromiso. Esas cosas.
Pero eso es lo mínimo que se puede pedir a un católico, dice Pai Bartolo.
En estos tiempos es distinto, le contestan a veces. Dios no solamente está en su iglesia Pai, le dicen otros. Dios está más en nuestros campos que en esa su iglesia, dicen. Para qué me voy a ir, para que digan que soy un chupamedias del cura. Las cosas que Pai Bartolo escucha habitualmente son para un hombre de fe a veces terribles, pero sin embargo sigue adelante.
Algunos campesinos reconocen que el entusiasmo de Pai Bartolo es capaz de hacer brotar los almácigos más rápidamente. Las plantas crecen más rápido cuando cruza por las quintas Pai Bartolo con su paso inquieto. Los tejidos parecen avanzar el doble cuando él habla con quienes  operan los telares.
Claro, esa inquietud, ese dinamismo, ese aceleramiento tienen un precio. Más de una vez lo ha visto el sacristán sofocado y ahogado en sus preocupaciones, pero Pai Bartolo rechaza cualquier  tipo de ayuda. No más que un vaso de agua que a veces era insuficiente para salir del trance en que sus propios nervios le encerraban.
No se sabe bien cuando, pero Pai Bartolo un día olvidó el camino de la iglesia y  un campesino tuvo que acercarlo con buena voluntad. Otro día se le encontró divagando por el campo. Pai Bartolo empezó a hablar solo por las calles. La gente primero pensó que era producto de su natural forma de ser, pero cuando comenzó a pasar frente a sus conocidos sin dirigirles la palabra se dieron cuenta de que alguna grave enfermedad le estaba aquejando.
Los familiares de Pai Bartolo entonces decidieron hablar con el sacristán el cual confirmó sus temores. Decidieron entonces llevarlo a su chacra y cuidarlo de que no salga pues todas las cosas se tornaban peligrosas ante el comportamiento que por su enfermedad demostraba Pai Bartolo.
Pai Bartolo no aceptó esta situación de buenas a primeras y una noche de tormenta logró escapar a los cuidados de su familia y salió a caminar por los campos cercanos. En el camino intentó cruzar un arroyo pero cayó en él y murió ahogado. Los lugareños le dieron sepultura junto a aquel arroyo y señalaron el sitio con una cruz.
La cruz fue ganando fama de milagrosa y parece que escuchaba particularmente los ruegos de los campesinos que llegaban a pedirle que les enviara la lluvia. Tiempo después la cruz fue retirada y llevada a un oratorio que a efecto de adoración le había construido don Hilario Meaurio en su domicilio. Aún hoy se le adora cerca de allí y cada 3 de mayo, día de la cruz, se acostumbra a hacer el sabroso Chipa Kurusu. Cuando los campesinos acuden a ella ansiosos de lluvia para sus sembrados es infalible. El noveno día de la novena, según cuentan, la lluvia siempre llega. Lo curioso es que cada tarde, entre cánticos y sones de tambores suelen llevar la cruz en procesión para darle un baño en aquel arroyo donde Pai Bartolo encontrara la muerte.

La leyenda de Santo Tomás

Recuerdo que un día de lluvia en que viajábamos por la zona del Guairá tuvimos que quedarnos a pasar la noche en un pequeño poblado a la vera de la ruta. Volvíamos hacia la capital luego de visitar a unos parientes de la campaña y nos quedamos en una especie de pulpería. Allí se daba de comer y además nos ofrecían, por poco dinero, un lugarcito donde dormir. La noche era fría y como no queríamos arriesgarnos hicimos el alto y nos quedamos.
Comimos un caldo ava riquísimo que la dueña de casa había preparado durante horas. Y después de la cena, casi todos los que allí habíamos parado, nos quedamos en la mesa charlando largamente acerca de las leyendas de nuestra tierra.
Surgió entonces la famosa leyenda de Santo Tomás, el santo de los agricultores.
Algunos sugirieron que la leyenda era antiquísima y que en realidad no era de Santo Tomás sino del primogénito de Rupave y Sypave, el patriarca Tume Arandu, cuyas hazañas al trascender las épocas le fueron variando el nombre así se conocen historias de Paí Tume, Pai Zume o Chume. Hay quien le llama karai Zume o sus variantes. Decían éstos que los evangelizadores que llegaron a América aprovecharon la similitud fonética y entonces hicieron creer a los indios que se trataba de su Santo Tomás, aunque otros sostienen que se trata de San Bartolomé. Las similitud fonética de los nombres fue lo que posibilitó la apropiación de una historia con raíces indígenas con fines evangelizadores. Coincide esto conque al parecer, Pai Tume (yo prefiero llamarlo con su nombre original Tume Arandu) fue quien enseñó a los guarani el cultivo de la mandioca y sus preparados. En otros lugares dicen que en realidad lo que enseñó fue el cultivo del maíz y en otros que fue él quien enseñó las propiedades y usos de la yerba mate. Démosle chance a todas las posibilidades.
La confusión adquiere ribetes de acertijo cuando nos encontramos con los cientos de textos que al tema se refieren de manera diversa. Inclusive el famoso Pai Tume o como se llame se convierte en personaje serial protagonizando los famosos “casos” que abundan en la literatura oral de nuestro país. Así las cosas la discusión se planteó larga y distendida. Todos parecían tener la razón y todos parecían no tenerla. ¿Cómo encontrar un punto de concordancia más o menos sensato tratándose de un tema de origen legendario, mitológico, fantástico y espiritual?
Hay quien dice que Pai Tume en realidad fue el Santo que habría llegado a América por caminos diversos según las fuentes. La historia ubica al santo en la época anterior a Cristo. Las condiciones históricas entonces entran a tallar y por descarte se llega a la conclusión de que el santo no pudo haber llegado por mar sino a pie a través del estrecho de Bering. Esta teoría “razonable” se desbarata cuando se buscan los antecedentes locales. Casi todos coinciden en que el santo habría llegado desde el Brasil y aún han mostrado el camino que siguió a través de las selvas.
Hay quien dice que todas esas discusiones de folkloristas y literatos no tienen ningún sentido y son un verdadero mamarracho. Pero hay quien afirma que todas las historias conocidas tienen una parte de la verdad. Pero, ¿cómo armar ese gigantesco rompecabezas?
Tarea improbable y casi imposible.

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